| Algo de Cine |
Tres estrenos
y un lamento
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| La «Libertadora del
Libertador», una cofradía artística de los años
sesenta y un puerto a punto de desaparecer cierran un año en el
que, de nuevo, la filmografía naciona no las tuvo todas consigo
El año 2000 se cierra, aparentemente, con una estrella de Belén que irradia optimismo al cine venezolano. Tres estrenos en dos semanas (Manuela Sáenz de Diego Rísquez, Juegos bajo la luna de Mauricio Walerstein y A la medianoche y media de Mariana Rondón y Marité Ugás), además del reciente éxito relativo de Caracas amor a muerte de Gustavo Balza, no lucen como pretexto para un funeral. Sigue quedando la sensación, no obstante, de que no se aprendió de errores del pasado. Por ejemplo, no parecen haber aprendido que algunos recursos se pudieron haber gastado de otra forma. |
A la media noche y media |
Por otra parte, Manuela Sáenz no deja de ser una película insertada dentro de una corriente historicista basada más en grandes hechos pomposos que en personajes de carne y hueso, creíbles y lógicos. Mirando el actual liderazgo nacional, ya sabemos a dónde conduce esta visión mítica de la historia (al respecto, resulta patética, en caso de ser cierta, la anécdota de que el director Rísquez esperó con gran angustia un veredicto de aprobación luego de que su film fue presenciado en “premier exclusiva” por los presidentes Hugo Chávez y Fidel Castro).
Juegos bajo la luna cuenta la historia de una cofradía “artística” de amigos que, a lo largo de una década —desde los años cincuenta hasta los sesenta—, enfrenta un sinuoso camino de amores y desamores. Pero es una película que termina sin que uno sepa exactamente qué se quiso decir, después de muchas escenas gratuitas. Lo cual no es necesariamente malo: no siempre hay que tener un “mensaje”. El problema radica en una cinematografía chapucera, con encuadres más dignos de una telenovela, algo que decepciona tras la lograda sordidez estética del anterior film de Walerstein, Móvil pasional (1993).
De A la medianoche y media poco hay que decir. Es una supuesta historia de desolación de tres personas perdidas en una ciudad marítima a punto de ser tragada por las aguas —muy bien fotografiada, por cierto—. No suena mal, lo que pasa es que el guión no se desarrolló y Ugás y Rondón cuentan en casi dos horas un argumento que debió haber sido despachado en un cortometraje de 10 minutos.
“Alargar y alargar” es el lema de
este film nihilista, mal actuado y pésimamente musicalizado, que
sus directoras defienden pretenciosamente como exponente de un “cine diferente”
(¿tras un siglo de historia del cine, quién puede asegurar
que su cine es totalmente “diferente” a todo lo que se ha hecho antes?).
Atención, Ugás y Rondón: hacer “cine de autor” en
el siglo XXI no es matar de aburrimiento. Es buscar, con inteligencia,
la fórmula para contar una historia que atrape al público
y, que además, pueda lanzar elementos de “subversión” a la
avalancha de películas que llegan de Hollywood. Lo demás
es morirse de hambre.
-fgf
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El tradicional ciclo de cine español se cerró en el año 2000 con una muestra bastante aceptable de once películas. Algunas de ellas brindarían muy buenas lecciones a ciertos cineastas vernáculos. ¿La mejor? Lisboa (1999) de Antonio Hernández, una soberbia mezcla de road movie y policial negro, filmada en la frontera entre Portugal y España. Nadie conoce a nadie (1999) de Mateo Gil, fue una de las más impactantes: un insólito thriller apocalíptico ambientado en la Semana Santa de Sevilla. Solas (1999) de Benito Zambrano, conmovió con la sensibilidad de su minimalismo (atención Marité Ugás y Mariana Rondón). El Grito en el cielo (1997) de Dunia Ayaso y Félix Sabroso divirtió muchísimo. Alex de la Iglesia, un cineasta con un humor muy suyo, dirigió una ácida mirada a la cultura de masas en Muertos de risa (1999). |
Sangrientas madrugadas de Nueva York
Bringing
out the dead o Vidas al límite (título para su distribución
en Latinoamérica) es otro capítulo de la obra cinematográfica
de Martin Scorsese, que nos muestra la peculiar vida de un paramédico
neoyorquino, interpretado por Nicolas Cage, quien lucha contra los demonios
que pueblan las sangrientas madrugadas de la capital financiera del planeta.
A pesar de carecer de una historia vertebral que nos coloque en una cómoda ilación, como nos tiene acostumbrados Hollywood, este film no deja de impactar por la fuerza y crudeza de sus imágenes, que ilustran las aventuras y desventuras suscitadas en 72 horas en la vida del personal que atiende las emergencias médicas.
Frank Pierce, encarnado por Cage, sale a la batalla en su ambulancia durante tres noches consecutivas, con diferentes compañeros en cada ocasión, para tratar de salvar a las víctimas de la Nueva York marginal. Cada paciente es un sufrimiento diferente, cada vida salvada y cada deceso tienen su huella indeleble en la psique de Frank Pierce y sus compañeros, quienes constantemente divagan entre la alegría de vencer a la muerte y la amargura ante la inminencia de su llegada.
La batalla tiene dos frentes; el primero, ubicado en las esquinas de la violenta gran manzana, dondequiera haya un herido; y el segundo, en la mente de Frank Pierce, donde el tormento es ejercido por su crisis vocacional y el fantasma de una joven que no pudo salvar.
Buena o mala película, me
sería imposible catalogarla con estos parcos adjetivos, pero algo
sí me atrevería a asegurar: Bringing out the dead es una
interesante muestra cinematográfíca, que a través
de un oscuro humor trata de enseñarnos una realidad no menos lúgubre,
oculta tras el neón y la opulencia de muchas ciudades occidentales.
Definitivamente, la pobreza, la sangre y las lágrimas parecen ser
las mismas en todo el mundo, cualquiera sea la latitud de donde éstas
broten.